El estrés y su compleja danza de factores

La gestión positiva del estrés es un viaje de aventura y autoconocimiento fascinante. Como todo viaje, requiere de un equipaje muy preciso donde no falte nada esencial.

Lo primero que necesitamos meter en la mochila es una definición clara del estrés. ¿Qué es eso del estrés del que todo el mundo habla? Si no sabemos lo que es, mal podremos gestionarlo.

He seleccionado, de entre las muchas definiciones de estrés, una bastante actual e integrativa del investigador español Luis de Rivera, extraída de su libro “Los síndromes de estrés”. Dice así:

“El estrés es una respuesta automática del organismo ante situaciones que exigen mayor esfuerzo de lo ordinario, o en las que puede suceder algo peligroso, nocivo o desagradable”.

“El estrés se produce por la conjunción de tres grandes grupos de variables: las propias de medio, o factores externos de estrés; las propias del individuo o factores internos de estrés; y los factores moduladores, que no están directamente relacionados ni con la inducción ni con la respuesta de estrés, pero que condicionan o modifican la interacción entre factores internos y externos”.

Voy a ampliar esta definición para que se entienda mejor.

Existe un eje principal formado por el ESTÍMULO, llamado estresor, y la RESPUESTA de estrés. Algo sucede en el mundo exterior, o en mi mundo interior, que actúa de estímulo para que se desencadene en mi organismo una respuesta de estrés.

Este eje está atravesado por dos factores llamados mediadores: uno es la EVALUACIÓN que realiza el individuo acerca de lo amenazante, nocivo o desagradable que le resulta el estímulo.

El otro factor mediador se refiere a los recursos y estrategias de AFRONTAMIENTO que tiene una persona frente a la situación y frente a su estado emocional.

Esto quiere decir que mi respuesta de estrés no depende directamente del estímulo, sino que antes se procesa en mi interior según una doble evaluación fundamental: la valoración de lo amenazante, nocivo o desagradable que me resulta el estímulo, así como su intensidad; y las estrategias y recursos de afrontamiento que tengo para hacer frente al problema o amenaza.

Si evalúo a la amenaza como muy grande, nociva y desagradable, a la vez que considero a mis recursos y habilidades de afrontamiento muy pequeños, te puedes imaginar el sunami de estrés que se va a desatar en mi interior.

En cambio, si valoro que la amenaza no es para tanto y que tengo confianza en mis recursos para afrontarla, la respuesta de estrés será mucho más débil y controlable, pudiendo convertirse en un simple reto estimulante.

A esta danza de factores hay que sumar los llamados FACTORES MODULADORES. Por moduladores debemos entender, como decía Luis de Rivera en su anterior definición, aquellos que, no estando directamente relacionados ni con el estímulo ni con la respuesta de estrés, condicionan o modifican la interacción entre los factores internos y los externos.

Como factores moduladores de la respuesta de estrés podemos citar los rasgos de personalidad, el apoyo social, las experiencias tempranas, la capacidad de control, el estado afectivo y el nivel de conciencia.

Te pongo un ejemplo. No será igual, ni mucho menos, la respuesta de estrés que tenga un individuo que tiene como rasgos de personalidad el optimismo, el sentido del humor o la firmeza psicológica, que otro cuyos rasgos apunten hacia la agresividad, el pesimismo o la necesidad imperiosa de controlarlo todo.

No será igual la respuesta de estrés que tenga una persona que siente que tiene un alto apoyo social ante situaciones difíciles y estresantes, que el que se encuentra “solo ante el peligro”, sin familia, ni red de amigos que le ayuden.

No será ni parecida la respuesta de estrés que tenga un individuo con una alta capacidad de control sobre la propia vida, un estado afectivo templado y un nivel de conciencia alto, que la respuesta de una persona con poca capacidad de control, un estado afectivo ansioso o depresivo y un bajo nivel de conciencia acerca de la realidad que vive.

Con todos estos ejes y factores podemos trazar el terreno de juego del estrés. Si conocemos el terreno y las reglas de juego, podemos jugar un buen partido. En caso contrario, caminaremos ciegos en medio de la niebla.

Me gusta utilizar la metáfora del terreno de juego del estrés como un mapa de una ciudad dividida por barrios: el del estímulo, el de la respuesta, el de la evaluación, el del afrontamiento y el de los factores moduladores. En cada barrio hay muchas calles y plazas que explorar.

Si no realizas esa exploración con este mapa a la vista, y si no eres capaz de ubicar tus descubrimientos en el lugar adecuado, lo más seguro es que vayas desorientado y sin rumbo cuando decidas gestionar positivamente tu estrés.